Mujercitas

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—Mamá y yo hemos hablado de eso y he decidido seguir su consejo. Habrá muy poco que hacer. Lotty me echará una mano de vez en cuando y se ocupará de las compras, y yo tendré el trabajo justo para no volverme una perezosa ni echar de menos nuestra casa —explicó Meg tranquilamente.

—Sallie Moffat tiene cuatro —informó Amy.

—Si Meg tuviese cuatro sirvientes, ocuparían toda la casa y el señor y la señora tendrían que acampar en el jardín —intervino Jo, que llevaba un gran delantal azul y estaba terminando de pulir los picaportes.

—Sallie no es la mujer de un hombre pobre y, dada su posición, es lógico que tenga muchos sirvientes. Meg y John inician su vida en común humildemente, pero algo me dice que en su casita habrá tanta felicidad como en la más grande de las mansiones. Me parece un grave error que mujeres jóvenes como Meg no tengan nada mejor que hacer que probarse vestidos, dar órdenes y contar chismes. Cuando estaba recién casada, esperaba con ilusión que mi ropa nueva se gastase o se descosiese porque disfrutaba zurciéndola. Lo cierto es que estaba harta de dedicarme solo al bordado y de que mi mayor preocupación fuera que mi pañuelo de bolsillo estuviese impecable.


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