Mujercitas

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Beth estaba allí, formando blancas y suaves pilas en los estantes, exultante ante tan magnífica colección. Meg empezó a hablar y las tres rieron porque aquel armario era casi un chiste. Después de afirmar que si Meg se casaba con «ese señor Brooke» no vería un centavo de su dinero, la tía March se encontró en un buen dilema, porque, una vez que se calmaron los ánimos, se arrepintió de haber pronunciado semejante amenaza. Decidida a no contradecirse, se le ocurrió un plan. Pidió a la señora Carrol, madre de Florence, que encargara una generosa colección de ropa blanca, la mandase bordar con las iniciales de la pareja y la enviase como si fuese un regalo de su parte. La mujer cumplió fielmente el encargo, pero el secreto de la tía March era difícil de ocultar y toda la familia disfrutó mucho con la situación. La tía March fingía no saber nada e insistía en que solo le regalaría el collar de perlas anticuado que siempre había prometido entregar a la primera de las muchachas que contrajera matrimonio.

—Es un regalo muy práctico para un hogar, y eso me gusta. De joven, tuve una amiga que empezó su vida de casada con solo seis sábanas pero, como tenía lavafrutas para los invitados, estaba encantada —explicó la señora March mientras alisaba los manteles de damasco, cuya calidad no escapaba a su espíritu femenino.


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