Mujercitas
Mujercitas —Ni me verás. Seguro que te pasas el rato llorando, de modo que lo verás todo como envuelto en una espesa niebla.
—Yo no lloro a menos que tenga una pena muy grande.
—Como cuando un viejo amigo va a la universidad, ¿eh? —dijo Laurie sonriendo.
—No seas tonto. Eché unas lagrimitas para no desentonar con el resto.
—Claro. Jo, ¿qué tal está mi abuelo esta semana? ¿Está de buen humor?
—Mucho. ¿Por qué lo preguntas? ¿Te has metido en algún lÃo y quieres saber cómo se lo va a tomar? —preguntó Jo sin delicadeza alguna.
—Jo, no creerás que habrÃa mirado a tu madre a los ojos y le habrÃa dicho que todo iba bien de no ser asÃ, ¿verdad? —Laurie se detuvo y adoptó un aire ofendido.
—No, por supuesto.
—Entonces, no seas tan suspicaz. Solo quiero pedirle un poco de dinero —explicó Laurie, que echó a andar de nuevo, con el ánimo más sereno gracias al tono cálido de Jo.
—Gastas mucho, Teddy.
—¡Por Dios! No lo gasto, el dinero se va solo, sin que haga nada. Desaparece sin que yo sepa cómo.