Mujercitas

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—Eres tan generoso y tienes un corazón tan bondadoso que no paras de prestar a los demás. Eres incapaz de decir «no» a nadie. Nos hemos enterado de lo de Henshaw y de todo lo que has hecho por él. Si gastas el dinero en cosas así, nadie te recriminará nada —apuntó Jo afectuosamente.

—Oh, Henshaw hizo una montaña de un grano de arena. No podía dejar que el pobre hombre se matara a trabajar cuando estaba en mi mano ayudarle y vale más que veinte caballeros vagos. Tú hubieras hecho lo mismo.

—Por supuesto. Pero no sé de qué te va a servir tener diecisiete chalecos, un sinfín de pajaritas y ponerte un sombrero nuevo en cada visita a casa. Pensé que habrías superado la fase de dandi, pero cada dos por tres aflora en otro punto. Ahora lo que está de moda es tener un aspecto horrendo, cortarte el pelo de manera que parezca que llevas un cepillo en la cabeza, usar chaquetas sin pinzas, guantes naranjas y botas con la punta cuadrada. Si las prendas feas fuesen baratas, no diría nada; pero cuestan tanto como la ropa elegante y no le veo la gracia.

En respuesta al ataque, Laurie echó hacia atrás la cabeza y rió con tantas ganas que su sombrero redondo cayó al suelo y Jo lo pisó, un insulto que el joven aprovechó para disertar sobre las ventajas de las prendas toscas mientras doblaba el maltrecho sombrero y lo embutía en su bolsillo.


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