Mujercitas
Mujercitas —Hoy en dÃa todo va deprisa. No sé a dónde iremos a parar, señorita. Tú no eres más que una crÃa, Jo, pero eres la siguiente, y cuando llegue el momento solo nos quedará lamentarnos —apuntó Laurie meneando la cabeza para indicar su preocupación por el estado de las cosas.
—¿Yo? ¡No temas por mÃ! Yo no soy de las que agradan a los hombres. Nadie me querrá, y es una suerte, porque en toda familia debe haber una solterona.
—No das a nadie la oportunidad de conocerte —repuso Laurie mirándola de reojo y con algo más de color en su rostro moreno—. No dejarás que nadie vea tu lado dulce y, si por casualidad un hombre llega a descubrirlo y no puede disimular su interés, lo tratarás tan mal como la señorita Gummidge a su pretendiente; le tirarás un jarro de agua frÃa y serás tan arisca que a todos se les quitarán las ganas de acercarse o de mirarte siquiera.
—No me gustan estas cosas. Estoy demasiado ocupada para pensar en tonterÃas y me parece horrible que las familias se separen por este motivo. Venga, no sigas hablando de esto. La boda de Meg nos ha trastornado a todos y solo hablamos de parejas enamoradas y estupideces parecidas. No quiero ponerme de mal humor, de modo que cambiemos de tema. —Y, en efecto, Jo parecÃa dispuesta a lanzar un jarro de agua frÃa a quien la volviese a provocar.