Mujercitas
Mujercitas Así pues, había diseñado ella misma su vestido de novia y lo había cosido con la tierna esperanza y el inocente romanticismo propios de un corazón joven. Sus hermanas le recogieron su bonito cabello y lo adornaron con lirios del valle, la flor predilecta de «su John».
—Querida Meg, estás radiante y preciosa, ¡y tan natural! Te abrazaría fuerte, pero no quiero arrugarte el vestido —exclamó Amy, encantada, mirándola de arriba abajo una vez que terminaron de arreglarla.
—Me alegro que sea así. Pero, por favor, abrazadme y besadme todas, el vestido me trae sin cuidado. Si es por algo así, espero que se arrugue mucho en el día de hoy. —Meg abrió los brazos para estrechar a sus hermanas, cuyos rostros resplandecieron de felicidad al comprobar que el nuevo amor no había destronado al antiguo en el corazón de Meg—. Ahora iré a anudar la corbata de John y luego estaré un rato a solas con papá en el estudio. —Dicho esto, Meg bajó a toda prisa para cumplir con los dos pequeños rituales y poder dedicar el resto del tiempo a su madre, que, a pesar de sonreír amorosamente, sentía la tristeza interior que acompaña a todas las madres cuando el primer pájaro abandona el nido.