Mujercitas

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La comida tenía muy buen aspecto y, mientras la observaba, Amy deseó de corazón que también supiese bien y que la cristalería, la vajilla y los cubiertos de plata que le habían prestado volviesen sanos y salvos a sus dueños. Los carruajes ya estaban apalabrados. Meg y la madre se preparaban para dar la bienvenida a las invitadas. Beth ayudaba a Hannah en la cocina, y Jo había decidido ser todo lo alegre y amable que le permitiesen su despiste, su dolor de cabeza y su disconformidad con todo y con todos. Mientras se arreglaba, Amy se animaba pensando en el feliz momento en que, tras una excelente comida, saliese de excursión artística con sus amigas a disfrutar de los dos platos fuertes: el puente roto y el paseo en char à banc.

Pasó las siguientes dos horas en nerviosa espera, yendo del salón al porche, escuchando opiniones tan variadas como el tiempo. Parecía evidente que el aguacero caído a las once había disuadido a las invitadas, que debían llegar a las doce, porque no se presentó nadie. A las dos, la exhausta familia se sentó al sol para dar cuenta de los alimentos que podrían estropearse, para que no se echase nada a perder.




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