Mujercitas

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—No parece que el tiempo vaya a ser un problema hoy; seguro que vendrán, de modo que debemos darnos prisa y estar listas para cuando lleguen —dijo Amy, al día siguiente, al ver que lucía el sol. Hablaba como si estuviese emocionada pero, en realidad, deseaba no haber mencionado la opción del martes, porque su interés se estaba pasando como el pastel.

—No he podido conseguir una langosta, así que tendréis que prescindir de la ensalada —anunció el señor March al cabo de media hora con una plácida desesperación.

—Usaremos el pollo; para la ensalada no importará si está algo duro —propuso su esposa.

—Hannah lo dejó un instante sobre la mesa de la cocina y los gatos se lo han comido. Lo siento mucho, Amy —explicó Beth, que seguía al cuidado de los gatos.

—Entonces, tendré que conseguir una langosta, porque con la lengua sola no bastará —afirmó Amy, decidida.

—¿Quieres que vaya corriendo al pueblo a conseguirte una? —preguntó Jo con la magnanimidad de una mártir.

—No, la traerías bajo el brazo, sin papel, solo para poner a prueba mi paciencia. Iré yo misma —respondió Amy, cuyo ánimo empezaba a decaer.


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