Mujercitas
Mujercitas Envuelta en un grueso chal y armada con un cesto, Amy salió de casa, convencida de que tomar el aire y caminar un rato calmarÃa su agitación y la ayudarÃa a afrontar con mejor espÃritu las tareas del dÃa. Tras un breve lapso, consiguió la tan ansiada langosta, además de un bote de aliño para ensaladas que le ahorrarÃa tiempo en casa, y emprendió el camino de vuelta satisfecha con su gestión.
En el ómnibus iba un único pasajero, una anciana dormida. Amy se cubrió con el chal y se dispuso a conjurar el tedio del trayecto pensando en qué habÃa gastado su dinero. Estaba tan absorta en sus cálculos que no vio que un nuevo pasajero subÃa a bordo sin que el vehÃculo se detuviera y, al oÃr una voz masculina decir; «Buenos dÃas, señorita March», levantó la vista y se topó con uno de los elegantes compañeros de universidad de Laurie. La joven, confiando en que el muchacho se apearÃa antes que ella, fingió que el cesto que estaba a sus pies no era suyo, se felicitó por haberse puesto un vestido nuevo y le devolvió el saludo con la dulzura y elegancia que la caracterizaban.