Mujercitas
Mujercitas Todo marchaba bien. La principal preocupación de Amy se disipó de inmediato al saber que el caballero se bajaría antes que ella. Ambos estaban charlando animadamente cuando la anciana se levantó para apearse y, al ir hacia la puerta, dio un golpe al cesto, y ¡oh, horror!, la langosta asomó la cabeza, revelando su vulgar tamaño y fulgor ante los ojos de un auténtico Tudor.
—¡Por Dios, esa señora se ha dejado la cena! —exclamó el joven, mientras daba con el extremo del bastón al animal para que volviese al interior del cesto y se disponía a cogerlo para dárselo a la anciana.
—No, por favor, es mío —murmuró Amy, casi tan roja como la langosta.

—¡Oh, lo siento! Es un ejemplar magnífico, ¿verdad? —dijo Tudor muy serio, tratando de mostrar auténtico interés, prueba de su exquisita educación.
Amy se rehízo de inmediato y, dejando el cesto sobre el asiento, preguntó entre risas:
—¿No le gustaría comer un poco de la ensalada que prepararemos con esta langosta y conocer a las encantadoras jóvenes que han sido invitadas a degustarla?
La frase era un prodigio de estrategia, porque tocaba dos de los aspectos a los que un hombre no sabe resistirse. La langosta hizo aflorar gratos recuerdos, y la curiosidad por conocer a «las encantadoras jóvenes» hizo que el joven olvidara lo cómico de la escena.