Mujercitas

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Supongo que si viene se pasará el rato haciendo bromas con Laurie y riéndose de nosotras, pero yo no los veré y eso es un gran consuelo, pensó Amy mientras Tudor hacía una reverencia y se despedía.

Al llegar a casa, no mencionó el incidente (a pesar de que descubrió que, al caer el cesto, el aliño le había manchado la falda y había echado a perder su vestido nuevo) y siguió con los preparativos, que le parecieron aún más fastidiosos que antes. A las doce en punto, todo estaba nuevamente dispuesto. Viendo que sus vecinos se interesaban mucho por sus movimientos, la joven deseó que el éxito de ese día borrase de la memoria el fracaso del anterior. Pidió que trajesen el char à banc para ir a buscar a sus amigas y conducirlas al banquete.

—¡Ahí viene el carruaje, ya llegan! Iré a recibirlas al porche, es más hospitalario y quiero que mi pequeña pase un buen rato después del mal trago de ayer —dijo la señora March, poniéndose en marcha. Pero, tras echar un vistazo, volvió a entrar con una expresión indescriptible en el rostro. En el gran carruaje solo venían Amy y una señorita.

—Beth, corre y dile a Hannah que retire la mitad de la vajilla de la mesa. No tiene sentido recibir a una sola invitada con un servicio para doce —exclamó Jo corriendo hacia la cocina, demasiado conmocionada como para echarse a reír.


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