Mujercitas

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Amy entró muy tranquila y estuvo encantadora y cordial con la única invitada que había cumplido la promesa de asistir. El resto de la familia, como si se tratara de una función teatral, representó bien su papel y a la señorita Eliott le resultaron todos muy divertidos y alegres, aunque lo que en realidad ocurría era que les costaba contener la risa. Sirvieron la comida, visitaron el estudio y el jardín y conversaron animadamente sobre arte. Amy pidió un carruaje más pequeño —¡Lástima de char à banc!— y salió a pasear con su amiga por el vecindario hasta que el sol se puso y la fiesta llegó a su fin.

Al volver caminando hacia casa, Amy parecía muy cansada pero tan entera como siempre. Al llegar comprobó que no quedaba el más mínimo vestigio de la desafortunada fête, salvo tal vez una sospechosa mueca en los labios de Jo.

—Ha hecho una tarde estupenda para ir de excursión, querida —dijo la madre tan respetuosamente como si las doce invitadas hubiesen acudido a la cita.

—La señorita Eliott es una joven muy amable y creo que lo ha pasado bien —comentó Beth, más atenta de lo normal.

—¿Me podrías dar un poco del pastel? Lo necesito de veras, no paro de recibir visitas y no soy capaz de hacer nada tan delicioso —explicó Meg muy seria.


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