Mujercitas
Mujercitas Seis semanas son una espera muy larga, tanto más para una joven que ha de guardar un secreto. Pero Jo hizo tanto lo uno como lo otro, y cuando empezaba a perder la esperanza de volver a ver su manuscrito llegó una carta que casi la dejó sin respiración porque, al abrir el sobre, cayó sobre su regazo un cheque por valor de cien dólares. Por unos segundos lo miró con los ojos muy abiertos, como si se tratase de una serpiente, luego leyó la carta y se echó a llorar. Si el agradable señor que redactó la amable misiva hubiese sabido cuánta felicidad iba a aportar su lectura, habría querido dedicar todo su tiempo libre, de tenerlo, a tan grato entretenimiento. Para Jo, la carta tenía más valor que el propio dinero porque la animaba a seguir y, tras años de duro esfuerzo, era maravilloso descubrir que había aprendido algo, aunque solo fuese para poder escribir una historia que causase sensación.
Pocas veces se ha visto una muchacha más orgullosa que Jo cuando, una vez recuperada de la emoción, se presentó ante la familia, con la carta en una mano y el cheque en la otra, para anunciar que había ganado el premio. Como es lógico, la noticia provocó un gran júbilo y, cuando el relato salió publicado, todos lo leyeron y lo comentaron. El padre dijo que el vocabulario era acertado; la historia de amor, natural y emotiva, y el suspense trágico, excelente, pero después meneó la cabeza y añadió, con su falta de materialismo habitual: