Mujercitas
Mujercitas Sus narraciones breves pasaron bastante inadvertidas, pero tuvieron su público. Animada por este hecho, la joven decidió dar un paso más e ir a buscar fama y fortuna. Después de reescribir su novela cuatro veces, leerla en voz alta a amigos de confianza y hacérsela llegar, temblorosa y llena de reticencias, a tres editores, al fin recibió una oferta que implicaba suprimir un tercio de las páginas y omitir las partes de las que se sentía más orgullosa.
—Ahora tengo que decidir si la vuelvo a guardar en la cocina del desván y la dejo que críe moho, la imprimo por mi cuenta y riesgo o la corto en pedacitos para que me la compren y me den algo por ella. Seguro que tener a alguien famoso en casa es muy agradable, pero creo que el dinero es más útil, así que me gustaría que tomásemos esta decisión entre todos —dijo Jo, que había reunido un consejo familiar.
—Hija, no estropees tu libro porque está mejor de lo que crees y has desarrollado muy bien el argumento. Déjalo reposar y madurar —le aconsejó el padre, que predicaba con el ejemplo puesto que había dejado madurar treinta años su propia obra y no tenía prisa en recoger el fruto aun estando ya en sazón.