Mujercitas
Mujercitas —Hazle caso, él sabe lo que vende; nosotros no. Haz un libro bueno, al alcance de todos los públicos, y gana tanto dinero como puedas. Con el tiempo, cuando te hayas hecho un nombre, podrás disertar e introducir personajes filosóficos y metafÃsicos en tus novelas —comentó Amy, que tenÃa una visión estrictamente pragmática del particular.
—Bueno —dijo Jo entre risas—, no es culpa mÃa si mis personajes son «filosóficos y metafÃsicos», porque lo único que sé de estos asuntos es lo que le oigo decir a papá de vez en cuando. Si alguna de esas sabias ideas se cuela en mis intrincadas historias de amor, mejor para mÃ. Beth, ¿tú qué opinas?
—Me gustarÃa verla publicada lo antes posible —respondió Beth, que sonrió al decirlo, pero recalcó sin darse cuenta las últimas palabras, lo que, junto con la expresión melancólica de sus ojos, que no habÃan perdido aún el candor de la infancia, hizo que Jo se estremeciera con un oscuro presentimiento, y decidió que lo mejor era sacar a la luz su libro «lo antes posible».
Asà pues, la joven autora puso su primera obra sobre la mesa y, con firmeza espartana, procedió a despedazarla con una crueldad propia de un ogro. En su afán por agradar a todos, atendió a todos los consejos y, como el anciano y el burro de la fábula, terminó por no satisfacer a nadie.