Mujercitas
Mujercitas En ese momento, Jo estaba concentrada confeccionando un vestido, como modista de la familia que era. Se enorgullecÃa de ser tan hábil con la aguja como con la pluma. El hecho de tener que dejar el patrón que estaba preparando para emperifollarse y salir de visita en un cálido dÃa de julio era casi una provocación. Detestaba las visitas de compromiso y no las habÃa hecho nunca, hasta que Amy la acorraló con aquella especie de pacto, chantaje o promesa. Llegados a ese punto, no tenÃa escapatoria; cerró las tijeras con fuerza, concentrando en el chasquido metálico toda su rebeldÃa, mientras repetÃa entre dientes que se acercaba una tormenta, hizo a un lado su labor, cogió el sombrero y los guantes con aire de resignación y comunicó a Amy que su vÃctima estaba lista.
—¡Jo March, eres tan terca que hasta un santo perderÃa la paciencia contigo! Supongo que no pretenderás ir de visita vestida asÃ… —exclamó Amy mirándola perpleja.
—¿Por qué no? Llevo ropa limpia, informal y cómoda. Me parece el atuendo más adecuado para salir a dar un paseo por caminos polvorientos en un dÃa de calor. Si a la gente le interesa más mi ropa que mi persona, no tengo el menor deseo de verlos. Puedes arreglarte por las dos e ir tan elegante como te plazca. A ti te compensa el esfuerzo, pero para mà no vale la pena; además, no me agrada emperifollarme.