Mujercitas
Mujercitas —¡Santo Dios! —exclamó Amy con un suspiro—. ¡Ahora te has propuesto llevarme la contraria y hacerme perder tiempo para convencerte de que te arregles! No creas que a mà me gusta tener que pasar el dÃa viendo a gente, pero nuestra familia tiene una deuda social con los vecinos y nos toca a ti y a mà saldarla. Mira, Jo, si te vistes bien y me ayudas a cumplir esta misión, haré lo que sea por ti. Cuando quieres, hablas tan bien, tienes un aspecto tan aristocrático y te portas tan educadamente que me siento orgullosa de ti. Me da vergüenza ir sola; por favor, acompáñame y cuida de mÃ.
—Eres una artista combinando halagos y argumentos para convencer a una hermana gruñona. ¡Mira que decir que puedo tener un aire aristocrático y educado, y que te da vergüenza ir sola! No sé cuál de las dos ideas resulta más absurda. Está bien, puesto que no me queda más remedio, iré y haré lo que pueda, pero tú estás al mando de esta expedición, yo me limitaré a obedecer tus órdenes ciegamente. ¿Te parece bien? —dijo Jo, que pasó bruscamente de comportarse como una terca a ser un sumiso corderito.