Mujercitas
Mujercitas —¡Eres un auténtico ángel! Ve a arreglarte y yo te indicaré cómo comportarte en cada casa, para que causes una buena impresión. Quiero que la gente te valore y asà será si pones un poco de tu parte para ser un poco más sociable. Hazte un peinado favorecedor y ponte una rosa en el sombrero; dará un toque de color y matizará el aire tan serio que tiene tu ropa. Coge los guantes claros y el pañuelo bordado. Pasaremos por casa de Meg y le pediremos que me preste una sombrilla blanca, asà tú podrás usar la mÃa gris.
Amy no dejó de dar instrucciones a su hermana mientras se arreglaba y, a pesar de seguirlas al pie de la letra, Jo no dejó de expresar su disgusto. Cuando se puso el vestido nuevo de organdÃ, suspiró; al sujetar con un lazo perfecto su sombrero, frunció el entrecejo; al colocarse bien el cuello, se peleó abiertamente con los imperdibles, y al sacudir el pañuelo, cuyos bordados irritaban tanto su nariz como aquella misión ofendÃa sus sentimientos, hizo una mueca.
Por fin, después de embutir sus manos en unos guantes estrechos que tenÃan dos botones y una borla, expresión máxima de elegancia, se volvió hacia Amy y con cara de tonta y voz sumisa anunció:
—Me siento fatal, pero si tú crees que he quedado presentable, moriré en paz.