Mujercitas

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Su hermana no se quedó precisamente tranquila porque, cuando Jo se ponía a hacer el tonto, nadie sabía lo que podía ocurrir. La cara de Amy era un poema cuando la vio entrar en la sala, saludar y besar efusivamente a las todas las muchachas, sonreír con elegancia a un joven caballero y sumarse a la conversación con entusiasmo. La señora Lamb fue a buscar a Amy, que era su favorita, y la obligó a escuchar un largo relato sobre el último ataque de Lucrecia, mientras tres encantadores muchachos merodeaban cerca, a la espera de que la dama dejara de hablar para acudir al rescate de la joven. Desde donde se encontraba, Amy no podía vigilar a Jo, que parecía a punto de cometer una diablura y hablaba con tanta soltura y superficialidad como la dueña de la casa. A su alrededor se apiñaban varias personas, y Amy aguzó el oído con la esperanza de captar lo que decía. Las frases que alcanzaba a escuchar le resultaban inquietantes, los ojos abiertos y las manos alzadas de aquellos jóvenes avivaban su curiosidad y las carcajadas que su hermana arrancaba a su público le hicieron arder en deseos de participar de la diversión. Es fácil imaginar cómo sufría la pobre al escuchar fragmentos de conversación como el siguiente:

—¡Monta muy bien a caballo! ¿Quién le ha enseñado?


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