Mujercitas
Mujercitas —Nadie; practicaba con la silla de montar y las riendas sobre la rama de un viejo árbol. Ahora puede montar cualquier cosa y nada la asusta. El mozo del establo le deja llevarse caballos por muy poco dinero porque ella los vuelve mansos y los prepara para que las damas puedan montarlos. Disfruta tanto haciéndolo que siempre le digo que, en el peor de los casos, podrÃa ganarse la vida domando caballos.
Al oÃr aquello a Amy le costó contenerse, ya que su hermana la pintaba como una joven atrevida, que era lo que más temÃa en el mundo. Pero ¿qué podÃa hacer? La dueña de la casa seguÃa contándole sus penas y, antes de que pudiese librarse de ella, Jo volvió al ataque, revelando nuevos secretos e hiriendo aún más sus sentimientos con sus indiscreciones.
—Asà es, aquel dÃa Amy estaba desesperada porque todos los caballos buenos estaban cogidos y solo quedaban tres en el establo. Uno estaba cojo, el otro ciego, y el último era tan terco que no habÃa quien lo moviera del sitio.
—¿Cuál eligió? —preguntó un caballero entre risas, muy divertido por la anécdota.