Mujercitas
Mujercitas —Es obra de Amy. Como no podemos comprar sombreros con estampados tan delicados, Amy nos los pinta. Tener una hermana artista es de lo más divertido.
—¡Qué idea tan original! —exclamó la señorita Lamb, que encontraba a Jo de lo más divertida.
—Eso no es nada, hace cosas mucho mejores. De hecho, no hay nada que no sea capaz de hacer. En una ocasión, querÃa unas botas azules para acudir a la fiesta que daba Sallie y, ni corta ni perezosa, pintó las que tenÃa de un celeste precioso y, al verlas, cualquiera hubiese jurado que eran de satén —prosiguió Jo mostrando un orgullo por las habilidades de su hermana que desesperaba a Amy hasta el punto de querer lanzarle algo a la cabeza.
—El otro dÃa leÃmos un relato tuyo y nos gustó mucho —comentó la hija mayor de los Lamb con la intención de alabar a la joven escritora, que, a decir verdad, ni la miró. Jo no reaccionaba bien cuando alguien mencionaba sus obras; se ponÃa rÃgida, parecÃa ofendida o, como en aquella ocasión, cambiaba de tema con un comentario destemplado.
—Lamento que no tuvieras nada mejor para leer. Escribo basuras como esas porque se venden bien y a la gente corriente le gustan mucho. ¿Irás a Nueva York este invierno?