Mujercitas
Mujercitas Habida cuenta de que la señorita Lamb habÃa disfrutado con la lectura del relato, el comentario no era precisamente oportuno ni grato. Jo comprendió de inmediato que habÃa cometido un grave error y, temerosa de meter aún más la pata, recordó de pronto que tenÃan que marcharse y se retiró con tanta precipitación que dejó a sus contertulios con la palabra en la boca.
—Amy, tenemos que irnos. Adiós, queridas, no dudéis en venir a visitarnos, os aguardamos con impaciencia. Señor Lamb, no me atrevo a invitarle pero, si usted las acompañase, también serÃa bien recibido. —Jo pronunció estas palabras imitando tan bien el tono engolado de May Chester que Amy salió a toda prisa de la sala, incapaz de aguantar por más tiempo las ganas de reÃr y de gritar.
—Ha ido de maravilla, ¿no te parece? —preguntó Jo satisfecha mientras se alejaban de la casa.
—No podÃa haber ido peor —replicó Amy con dureza—. ¿Qué mosca te ha picado para contar lo de la silla de montar, el sombrero, las botas y todo lo demás?
—¿Qué ocurre? Es divertido y a la gente le hace gracia. Saben que somos pobres, de modo que no hay por qué fingir que tenemos mozos de cuadra, comprarnos tres o cuatro sombreros por temporada o podemos adquirirlo todo con la misma facilidad que ellos.