Mujercitas
Mujercitas —Pero no hay necesidad de contar nuestras miserias y exponer nuestra pobreza hasta ese grado. No tienes ni una gota de dignidad y nunca aprenderás a medir tus palabras —concluyó Amy con tono desesperado.
La pobre Jo se quedó abatida y se sonó con el tieso y duro pañuelo como si quisiese castigarse por una mala acción.
—Entonces, ¿cómo he de comportarme? —preguntó cuando se acercaban a la tercera casa.
—Como te dé la gana; yo me lavo las manos —espetó Amy por toda respuesta.
—Entonces, seré natural. Los chicos estarán en casa, así que me sentiré a gusto. Dios sabe que necesito cambiar de aires; tratar de ser elegante me sienta fatal —replicó Jo con irritación, visiblemente molesta por haber defraudado a su hermana.