Mujercitas

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—Lo intentaré, pero cuando la veo me cuesta controlar el deseo de lanzar una arenga revolucionaria. Es mi sino, no lo puedo evitar.

Dentro, encontraron a la tía Carrol charlando animadamente con la anciana. Cuando las vieron llegar, las mujeres se callaron de inmediato y se lanzaron una mirada que delataba que estaban hablando precisamente de ellas. Jo no estaba de humor y no podía ocultar su incomodidad, pero Amy, que había cumplido virtuosamente con su deber, no perdió los papeles y actuó, en todo momento, como un ángel. Su amabilidad era tan evidente que sus dos tías la trataron con sumo cariño y, cuando se hubo marchado, estuvieron de acuerdo en que la «joven mejoraba de día en día».

—¿Vas a ayudar en la feria, querida? —preguntó la tía Carrol cuando Amy se sentó a su lado con esa confianza que tanto aprecian las personas mayores.

—Sí, tía, la señora Chester me lo ha pedido y me he ofrecido a atender uno de los puestos, dado que no dispongo de otra cosa que dar que mi tiempo.

—Yo no —intervino Jo—. No soporto que me traten con condescendencia y los Chester se comportan como si nos hiciesen un gran favor al dejarnos participar en su elegante feria. No entiendo por qué has aceptado, Amy; lo único que pretenden es que trabajes para ellas.


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