Mujercitas
Mujercitas —Me gusta cuando hay espacio de sobra y la gente está animada. En un lugar como éste, seguro que chocarÃa con algo, le pisarÃa el pie a alguien o harÃa algo terrible, asà que para evitar un mal mayor, dejo que Meg se luzca. ¿Usted no baila?
—A veces. Verá, he vivido en el extranjero bastantes años y todavÃa no estoy muy hecho a las costumbres de aquÃ.
—¡En el extranjero! —exclamó Jo—. ¡Por favor, cuénteme! Me encanta oÃr relatos de viajes.
Laurie no parecÃa saber por dónde empezar, pero las ávidas preguntas de Jo le pusieron de inmediato sobre la pista. AsÃ, el joven le contó que habÃa estudiado en una escuela de Vevey en la que los niños no usaban sombrero, que contaba con una flota de barcos atracados en el lago y que, en vacaciones, organizaban excursiones por Suiza con sus profesores.
—¡Cómo me hubiese gustado estar ahÃ! —exclamó Jo—. ¿Conoce ParÃs?
—Estuve allà el invierno pasado.
—¿Habla francés?
—En Vevey no se puede hablar otra cosa.
—DÃgame algo en francés. Yo lo entiendo si lo veo escrito, pero mi pronunciación es muy mala.
—Quel nom a la jeune demoiselle en jolies pantoufles? —dijo Laurie de buen grado.