Mujercitas
Mujercitas Jo se dedicó a observar a Beth, mientras fingía atender sus propios asuntos y, tras varias conjeturas contradictorias, llegó a una conclusión que parecía explicar el cambio operado en la muchacha. Un episodio le dio la clave del misterio, o eso le pareció, y su viva imaginación y cariñoso corazón hicieron el resto. Un sábado por la tarde, mientras estaban solas, aparentó estar ocupada escribiendo, sin quitar ojo a su hermana, que parecía extrañamente callada. Sentada junto a la ventana, Beth dejaba su labor sobre el regazo con frecuencia, apoyaba la cabeza en la mano con aire abatido y contemplaba el apagado paisaje otoñal. De pronto, alguien pasó bajo la ventana, silbando como un mirlo operístico, y una voz exclamó:

—¡Todo sereno! Vendré está noche.
Beth abrió los ojos de par en par, se inclinó hacia la ventana, sonrió y asintió con la cabeza mientras el joven se alejaba a grandes pasos hasta desaparecer de la vista. Entonces dijo, como si hablara para sí:
—¡Qué fuerte, sano y feliz parece este muchacho!