Mujercitas
Mujercitas ¡Que Dios se apiade de mÃ! Beth está enamorada de Laurie, se dijo, una vez sentada en su dormitorio, pálida de la impresión que le habÃa provocado el repentino descubrimiento. ¡Quién lo hubiera imaginado! ¿Qué dirá mamá? Me pregunto si él… Jo interrumpió este pensamiento y enrojeció de súbito al pensar: Si él no la corresponde, será horrible. Tiene que amarla. ¡Conseguiré que lo haga!, y meneó la cabeza con aire amenazador al recordar al niño travieso que se burlaba de ella desde el otro lado del muro. ¡Por Dios! ¡Cómo hemos crecido! Meg está casada y es madre, Amy prospera en ParÃs y Beth está enamorada. Soy la única lo suficientemente sensata para acabar con esta locura. Jo reflexionó por unos segundos, con la imagen de Laurie de niño aún en la mente; luego las arrugas desaparecieron de su frente y dijo dirigiéndose a él con aire decidido:
—No, señor, muchas gracias. Eres encantador, pero más inestable que una veleta, asà que abstente de enviar notas conmovedoras y lanzar sonrisas seductoras porque no lograrás nada. No lo permitiré.