Mujercitas
Mujercitas Cuando Laurie fue a la universidad, se enamoraba de alguien nuevo cada mes, pero aquellos arrebatos eran tan breves como apasionados, y no tenÃan consecuencias. A Jo le divertÃa observar cómo el joven pasaba de la esperanza a la desesperación y luego a la resignación, estados de ánimo que le contaba con detalle en sus visitas semanales. Sin embargo, al cabo de un tiempo, Laurie cesó de adorar tantos lugares sagrados, empezó a referirse de manera indirecta y misteriosa a una única pasión e incluso se dejaba llevar, en ocasiones, por una melancolÃa al estilo de Byron. Por último, optó por evitar por completo todo asunto emotivo y enviaba a Jo notas de Ãndole filosófica, se centró en sus estudios y comentó que pensaba dar el máximo de sà para licenciarse con la mayor gloria posible. Aquella situación era mucho más del agrado de la joven dama que las confidencias a la luz del atardecer, los apretones de mano tiernos y las miradas cargadas de significado, porque la mente de Jo era más madura que su corazón y preferÃa los héroes imaginarios a los de carne y hueso. A los primeros podÃa encerrarlos en la cocina de hojalata del desván cuando se cansaba de ellos, pero los de verdad eran mucho menos dúctiles.