Mujercitas

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En ese estado de cosas hizo Jo su gran descubrimiento y, cuando Laurie acudió a visitarlas aquella noche, la joven le miró como nunca antes lo había hecho. De no haber tenido aquella idea en la mente, no le habría extrañado que Beth estuviese tan callada ni que Laurie se mostrase tan atento con ella. Pero había dado rienda suelta a su imaginación, que galopaba a sus anchas, desbocada, sin que el sentido común acudiese a su rescate, mermado como estaba por las muchas horas que la joven autora dedicaba a escribir encendidas historias de amor. Beth estaba recostada en el sofá, como de costumbre, y Laurie, sentado a su lado en una silla, le contaba chismes para entretenerla. Aquella ceremonia se repetía todas las semanas sin falta, y Beth la aguardaba con ansia. Aquella noche, sin embargo, a Jo le pareció que Beth miraba el rostro moreno y lleno de vida con un gozo fuera de lo común y, aunque el joven relataba los pormenores de un partido de críquet y usaba términos técnicos que a ella le eran tan crípticos como un texto en sánscrito, le escuchaba con sumo interés, Asimismo, Jo creyó ver en Laurie —tal era su afán por que así fuera— más galantería de la habitual; el muchacho hablaba en voz baja, reía menos de lo común, parecía distraído y cubría los pies de Beth con una manta con una diligencia prácticamente de enamorado.



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