Mujercitas
Mujercitas ¡Quién sabe! Cosas más raras se han visto, pensó Jo andando de acá para allá. Si se amasen, ella serÃa como un ángel para él, y él le harÃa la vida más grata y más cómoda. No creo que Laurie se pueda resistir a los encantos de Beth siempre y cuando las demás no estemos en su camino.
Y dado que la única que estaba en su camino era ella, Jo llegó a la conclusión de que debÃa hacerse a un lado lo antes posible. Pero ¿cómo? Se sentó, pensativa, en busca de una solución digna de una hermana devota.
El viejo sofá era un auténtico patriarca de los sofás: largo, ancho, bajo y con muchos cojines. Era verdad que estaba algo desvencijado porque, de niñas, las hermanas se tumbaban y dormÃan en él, jugaban a pescar sentadas en su respaldo, montaban a caballo en sus brazos y guardaban animales debajo; ya de adolescentes, descansaban en él sus cansadas cabezas, soñaban sus más dulces sueños y charlaban emocionadas. Todos tenÃan cariño al venerable sofá, que era el refugio familiar, y era el lugar favorito de Jo para gandulear. Entre los muchos cojines que lo adornaban, destacaba uno, duro, redondeado, cubierto con ásperos pelos de crin de caballo y rematado en las puntas con un nudo y un botón. El repugnante cojÃn era la propiedad más valiosa de Jo, quien lo usaba como arma arrojadiza, como barricada y para evitar dormirse en los momentos de más sopor.