Mujercitas
Mujercitas Laurie lo conocÃa bien, y lo contemplaba con profundo desagrado, ya que Jo le habÃa sacudido con él muchas veces en el pasado, de niños, cuando retozar era algo natural, y más recientemente lo habÃa usado para evitar que se sentara cerca de ella. Si la «salchicha» —como él lo llamaba— estaba colocada en un extremo, querÃa decir que se podÃa acercar y descansar, pero si estaba en medio, ¡pobre del hombre, mujer o niño que osara molestarla! Aquella noche, Jo olvidó erigir la barricada, por lo que, cuando llevaba menos de cinco minutos sentada, vio acercarse una figura enorme que se tumbó sobre el sofá con los brazos y las piernas extendidos. Una vez recostado, Laurie exclamó satisfecho:
—¡Esto es vida!

—Por favor, compórtate con propiedad —dijo Jo colocando a toda prisa el cojÃn, aunque ya era demasiado tarde y no quedaba sitio. El cojÃn se deslizó hacia el suelo y desapareció misteriosamente.
—Venga, Jo, no seas arisca. Después de matarse a estudiar toda la semana, un hombre necesita y merece que le mimen.
—Que te mime Beth, yo estoy ocupada.
—No, no quiero molestarla. Pero a ti te gustan estas cosas, salvo que hayas cambiado de opinión, claro está. ¿Es asÃ? ¿Acaso ahora odias a tu chico y prefieres darle con un cojÃn?