Mujercitas
Mujercitas Estas tiernas palabras hubiesen bastado para engatusar a cualquiera, pero Jo, enfrió los ánimos de «su chico» dándole la espalda y preguntándole en tono seco:
—¿Cuántos ramos de flores le has enviado a la señorita Raudal esta semana?
—¡Ni uno, te doy mi palabra! FaltarÃa más. Está comprometida.
—Me alegro, porque enviar flores y regalos a mujeres que te interesan tres cominos me parece un despilfarro —observó Jo en tono de reproche.
—Las chicas sensatas que sà me interesan no me dejan enviarles «flores y regalos»; asà que, ¿qué remedio me queda? He de dar salida a mis sentimientos.
—Mamá no aprueba el flirteo, aunque sea por puro entretenimiento, y tú, Teddy, no paras de flirtear.
—DarÃa lo que fuera por poder decir: «Al igual que tú», pero, como no es el caso, me limitaré a decir que no veo mal alguno en jugar un poco siempre que todos los implicados comprendan que no es más que un pasatiempo agradable.
—La verdad es que sà parece agradable, pero no sé cómo se hace. Lo he intentado, porque si no haces lo que los demás te sientes como un bicho raro en sociedad, pero no se me da bien —reconoció Jo olvidando momentáneamente su papel de tutora.