Mujercitas
Mujercitas —¿Hablas en serio? —preguntó Laurie mirándola con una mezcla de ansiedad y alegrÃa.
—Por supuesto, aunque serÃa preferible que esperases a haber terminado los estudios en la universidad y, mientras tanto, te prepares para ser digno de ella. TodavÃa no eres lo bastante bueno para… en fin, para esa joven recatada, sea quien sea. —Jo se mostró un tanto turbada porque habÃa estado a punto de pronunciar el nombre de la dama.
—¡No lo soy, es cierto! —reconoció Laurie con una humildad desconocida en él, mientras bajaba la mirada al suelo y, con expresión distraÃda, se enroscaba alrededor de un dedo latirá del delantal de Jo.
Que Dios se apiade de nosotros, no va a funcionar, pensó Jo, que a continuación dijo:
—Ve y cántame algo, Laurie. Me muero por oÃr un poco de música y la tuya siempre me gusta.
—Prefiero quedarme aquÃ, gracias.
—Pues no puedes, no hay sitio. Ve y haz algo útil. Eres demasiado grande para resultar decorativo. CreÃa que no soportabas sentirte atado al delantal de una mujer —repuso Jo citando unas palabras rebeldes pronunciadas por el joven tiempo atrás.
—¡Eso depende de quién lo lleve! —Y Laurie tiró con descaro de la tira del mandil.
—¿Vas o no? —protesta Jo inclinándose en busca del cojÃn.