Mujercitas
Mujercitas Laurie huyó y, en cuanto empezó a tocar, Jo se escabulló y no regresó hasta que el joven se hubo marchado enfurecido.

Aquella noche, a Jo le costó conciliar el sueño y, cuando al fin empezaba a quedarse adormilada, un sollozo la hizo acudir corriendo junto a la cama de Beth y preguntar:
—¿Qué ocurre, querida?
—Creía que dormías —contestó Beth sin dejar de sollozar.
—¿Es el dolor de siempre, preciosa?
—No, es uno nuevo, pero podré sobrellevarlo —afirmó Beth tratando de contener el llanto.
—Cuéntamelo todo y deja que te ayude a curarlo como tantas veces hice con el otro.
—No puedes, este dolor no tiene cura. —Dicho esto, a Beth se le quebró la voz y, abrazada a su hermana, lloró con tal desespero que Jo se asustó.
—¿Dónde te duele? ¿Quieres que avise a mamá?
Beth no contestó a la primera pregunta, pero sin querer, en la oscuridad, se llevó una mano al corazón, como si fuese allí donde le dolía, mientras con la otra sujetaba a Jo y rogaba:
—¡No, no la llames! ¡No le digas nada! Me calmaré y enseguida me dormiré, de veras.