Mujercitas
Mujercitas Jo obedeció. Mientras pasaba dulcemente la mano por la frente y los húmedos párpados de su hermana, sentÃa su pesar y sus ganas de desahogarse. A pesar de lo joven que era, habÃa aprendido que los corazones, al igual que las flores, no se pueden abrir a la fuerza, que tienen su propio ritmo. AsÃ, aunque creÃa conocer la causa del nuevo dolor de su hermana, solo añadió con la máxima dulzura:
—¿Te preocupa algo, querida?
—¡SÃ, Jo! —contestó Beth tras un largo silencio.
—¿No te sentirÃas mejor si me contases de qué se trata?
—No, aún no.
—Entonces, no preguntaré, pero recuerda, Beth, que tanto mamá como yo siempre estamos dispuestas a escucharte y ayudarte.
—Lo sé y os lo contaré pronto.
—¿Te sientes mejor ya?
—¡Oh, sÃ, mucho mejor! Hablar contigo es un gran consuelo, Jo.
—Duerme, querida, me quedaré a tu lado.
Se durmieron mejilla contra mejilla y, a la mañana siguiente, Beth volvÃa a ser la de siempre. A los dieciocho, las penas de la cabeza y el corazón no duran demasiado y unas palabras cariñosas son la mejor medicina para la mayor parte de las enfermedades.