Mujercitas
Mujercitas —Querida, ¿de veras quieres ir a servir a esa gran mansión? —A pesar de su sorpresa, no parecÃa que a la señora March le desagradase la idea.
—Bueno, no se trata exactamente de servir; la señora Kirke es amiga tuya, y la persona más amable que he conocido, y estoy segura de que trabajar para ella será una experiencia muy grata. Su familia vive bastante aislada, asà que nadie sabrá que estoy allÃ. Y si lo descubren, tampoco me importa; es un trabajo honrado, no es motivo de vergüenza.
—Estoy de acuerdo, pero ¿y tus escritos?
—Seguro que me sienta bien un cambio. Ver mundo y oÃr historias nuevas me ayudará a renovar mi repertorio, y aunque no me quedase tiempo de escribir nada allÃ, al volver a casa tendrÃa mucho material sobre el que trabajar.
—No lo dudo, pero ¿es ésta la única razón para este repentino capricho?
—No, madre.
—¿Me puedes explicar tus otras razones?
Jo levantó la vista, luego la bajó y, sonrojándose, susurró:
—Tal vez esté equivocada y sea una simple cuestión de vanidad, pero temo que Laurie esté tomándome demasiado cariño.