Mujercitas
Mujercitas Asà pues, me ocupé de ordenar sus cosas y zurcà dos pares de calcetines, que él habÃa deformado con su intento de remiendo. No mencionamos el asunto y esperaba que nunca lo descubriese… pero un dÃa, la semana pasada, me pilló in fraganti, De tanto oÃrle dar clases a los demás, me entraron ganas de aprender. Tina no para de entrar y salir de la sala y siempre deja la puerta abierta, por lo que lo oigo todo. Yo estaba sentada cerca de esa puerta, terminando de zurcir un calcetÃn y tratando de asimilar lo que le habÃa explicado a una alumna nueva que era tan tonta como yo. La joven se marchó y yo pensé que él también se habÃa ido. Creyendo que estaba sola, me puse a repasar en voz alta la lección, meciéndome hacia delante y hacia atrás de forma un tanto absurda. De pronto, vi asomar una cabeza y oà que alguien reÃa discretamente. Era el señor Bhaer, que hacÃa señas a Tina para que no delatara su presencia.
—Bueno —dijo cuando me interrumpà en seco y le miré perpleja—. Usted me espÃa y yo la espÃo a usted. No me parece mal, pero me pregunto, y no bromeo, si le apetecerÃa aprender alemán.
—Por supuesto, pero usted está demasiado ocupado y yo soy demasiado torpe para aprender —repuse, más roja que un tomate.