Mujercitas

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Al igual que la mayoría de los escritorzuelos jóvenes, Jo introdujo personajes y escenarios extranjeros, bandoleros, condes, gitanas, monjas y duquesas que representaban su papel con el acierto e ímpetu esperados. A sus lectores no les interesaban nimiedades como la gramática, la puntuación o la verosimilitud, y el señor Dashwood le permitía graciosamente llenar sus columnas por un precio ridículo, sin sentir la necesidad de informar a su joven colaboradora de que la causa de su hospitalidad era que uno de sus autores habituales había conseguido un sueldo mejor en otro lado y le había dejado en la estacada.

Al ver que sus magros ingresos aumentaban, de forma lenta pero segura, al igual que la provisión para pagar unas vacaciones estivales en la montaña a Beth, Jo se volcó con ganas en el trabajo. Sin embargo, el hecho de no haber comentado nada a su familia enturbiaba su satisfacción. Sospechaba que su padre y su madre no aprobarían lo que hacía y prefería probar en secreto primero y pedir perdón después. No era difícil mantener el asunto oculto, puesto que sus escritos no iban firmados con su nombre. Por supuesto, el señor Dashwood había averiguado la verdad enseguida, pero había prometido callar y, algo poco habitual en él, había mantenido su promesa.


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