Mujercitas

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Pero el señor Dashwood solo quería historias emocionantes y, si ella le proponía algo distinto, lo rechazaba. Así, para tener siempre en vilo al lector, tenía que echar mano sin contemplaciones de temas de historia y amor, tierra y mar, arte y ciencia, fichas policiales y manicomios. Jo comprendió que no disponía de suficiente experiencia vital para haber entrado en contacto con la cara trágica de la vida y, viendo lo que tenía entre manos, se propuso suplir sus deficiencias con su característico arrojo. Ansiosa por encontrar inspiración para sus historias y decidida a dotarlas de tramas originales, ya que no bien urdidas, se lanzó a buscar noticias de accidentes, sucesos y crímenes y levantó sospechas en alguna que otra bibliotecaria al pedir libros sobre venenos. Cuando paseaba por la calle, estudiaba las fisionomías y analizaba las personalidades —buenas, malas o ni una cosa ni la otra— de quienes la rodeaban. Hurgó en el polvo de otras épocas en busca de hechos o historias tan viejas que pareciesen nuevas y, en la medida de sus posibilidades, abordó la locura, el pecado y la miseria. Pensó que prosperaba pero, sin darse cuenta, iba profanando algunos de los aspectos más importantes de su condición de mujer. Aunque fuese en su imaginación, vivía en un entorno nocivo, que la afectaba, pues tanto su corazón como su mente recibían alimentos poco nutritivos, incluso peligrosos, y aquel encuentro prematuro con el lado más oscuro de la vida, que siempre llega demasiado temprano para todos, había borrado demasiado rápido el rubor inocente propio de su edad.


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