Mujercitas

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Cuando Laurie llegó a casa, muerto de cansancio pero bastante tranquilo, el abuelo fue a recibirle como si no estuviese al corriente de nada y mantuvo ese engaño con éxito durante un par de horas. Sin embargo, cuando, al caer la tarde, se sentaron para charlar, algo de lo que solían disfrutar mucho, al pobre anciano le costaba hablar con el tono ligero, de costumbre, y el joven recibía con amargura las felicitaciones y referencias a su éxito, que, tras su decepción amorosa, le parecía un trabajo de amor perdido. Soportó la situación y, cuando no pudo más, se levantó y fue a tocar el piano, Las ventanas estaban abiertas, y por una vez Jo, que en ese momento paseaba con Beth por el jardín, comprendió mejor que su hermana lo que significaba aquella música, la «Sonata patética», de Beethoven, que Laurie tocó como nunca.

—Está muy bien, sin duda, pero es tan triste que me dan ganas de llorar. Toca algo más alegre, muchacho —pidió el señor Laurence, cuyo viejo corazón rebosaba de una compasión que deseaba expresar pero no sabía cómo.

Laurie atacó de inmediato una canción mucho más animada, tocó tempestuosamente durante varios minutos y hubiese seguido, haciendo de tripas corazón, de no haber oído, en una pausa, a la señora March decir: «Jo, querida, ven, te necesito».


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