Mujercitas
Mujercitas Al oÃr aquellas palabras que tanto deseaba decir —aunque con un sentido diferente—, perdió la concentración. La música se interrumpió abruptamente y el músico permaneció sentado, en silencio, en la oscuridad.
—No lo puedo resistir —musitó el anciano. Se levantó, caminó a tientas hacia el piano y puso suavemente su mano sobre el ancho hombro del muchacho, al tiempo que decÃa, con una dulzura más propia de una mujer—: Lo sé, muchacho, lo sé.
Al principio no hubo respuesta, pero después Laurie preguntó con aspereza:
—¿Quién te lo ha contado?
—La propia Jo.
—¡Pues no hay nada más que decir! —Y retiró la mano de su abuelo con un gesto impaciente, porque, a pesar de agradecer la compasión del anciano, el orgullo no le permitÃa tolerar que se apiadasen de él.
—No del todo, tengo algo que decir. Luego, si quieres, podemos dar por zanjado el asunto —repuso el señor Laurence con una suavidad inusitada en él—. ¿No preferirÃas marcharte una temporada?
—No voy a salir huyendo por una chica. Jo no puede impedir que la vea siendo vecinos y yo me quedaré cuanto me apetezca —afirmó Laurie en tono desafiante.