Mujercitas
Mujercitas En ese momento, Laurie sentÃa que no le apetecÃa nada y que el mundo era un desierto sin interés, pero ciertas palabras que el anciano introdujo hábilmente en su última frase reconfortaron su dolido corazón e hicieron surgir un oasis verde en medio del desierto. Suspiró y, luego, sin ánimo, añadió:
—Como quieras, me da igual adonde vaya y lo que haga.
—Pero a mà no; no lo olvides, muchacho. Te doy plena libertad, pero confÃo en que harás buen uso de ella. Quiero que me des tu palabra, Laurie.
—Como tú digas, abuelo.
Está bien, pensó el anciano, ahora no te importa, pero o mucho me equivoco o, llegado el momento, esta promesa te ayudará a no meterte en lÃos.