Mujercitas
Mujercitas El anciano era perfectamente consciente de esto último y quería evitarlo a toda costa porque, dado el estado de ánimo en que se encontraba su nieto, no era buena idea dejar que se las apañase solo. Así, sofocando la angustia que le provocaba pensar en abandonar la comodidad de su hogar, afirmó con resolución:
—¡Por Dios, muchacho, todavía no estoy desahuciado! Me gusta la idea, me sentará bien cambiar de aires y a mis viejos huesos no les pasará nada porque, hoy en día, viajar es tan cómodo como estar sentado en una silla.
Laurie se removió inquieto, en su silla, como para indicar que él no se sentía cómodo sentado y que el plan no le parecía tan maravilloso, ante lo que el anciano añadió:
—No pretendo ser una carga. Quiero ir porque pienso que te sentirás mejor que si me dejas aquí. Por supuesto, no iré de picos pardos contigo, pero podrás moverte con total libertad sabiendo que yo lo estaré pasando bien a mi manera. En Londres tengo muy buenos amigos, y también en París. Los iré a visitar. Tú podrías ir a Italia, Alemania, Suiza o cualquier otro lugar, a disfrutar del arte, la música, el teatro, las aventuras, lo que más te apetezca.