Mujercitas
Mujercitas Siendo como era un hombre enérgico, el señor Laurence prefirió golpear el hierro cuando aún estaba al rojo vivo, es decir, antes de que el muchacho recuperase fuerzas y se volviese más rebelde. En el tiempo que duraron los preparativos, Laurie se aburrió, como suele ocurrir con los jóvenes. Estaba de mal humor, irritable y, a ratos, pensativo. Perdió el apetito, descuidó su atuendo y dedicó demasiado tiempo a tocar el piano de forma atormentada. Evitaba encontrarse con Jo, pero se consolaba observándola desde la ventana, con una expresión trágica en el rostro que atormentaba los sueños de la joven por las noches y la hacía sentirse terriblemente culpable durante el día. Como suele sucederles a quienes sufren, no volvió a hablar de aquella pasión no correspondida ni permitió que nadie, ni siquiera la señora March, le dijese unas palabras de consuelo o de apoyo. En cierto modo, eso supuso un alivio para sus amigas, pero en las semanas que precedieron a su partida todas estuvieron muy incómodas, y se alegraron de que «el pobre muchacho se alejase para olvidar y luego volviera a casa feliz». Por supuesto, aquella idea le hacía sonreír con la oscura amargura del que siente que su fidelidad y su amor son inalterables.