Mujercitas

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Cuando llegó la hora de partir, Laurie fingió estar encantado para ocultar los inoportunos sentimientos que se empeñaban en salir a la luz. Sin embargo, su supuesta alegría no convenció a nadie, aunque actuaban como si no se diesen cuenta, y él aguantó bastante bien hasta que la señora March le besó y se despidió con un susurro dulce y maternal. Laurie se emocionó, abrazó precipitadamente a todas, incluida Hannah, que estaba muy afectada, y corrió escaleras abajo como si le fuese la vida en ello. Jo le siguió para despedirle, sin saber si él miraría hacia atrás. Lo hizo y, al verla, volvió sobre sus pasos, la abrazó, la miró y preguntó con un tono elocuente y dramático:

—¡Jo, querida! ¿No es posible?

—Teddy, querido, ¡ojalá lo fuera!

Eso fue todo. Tras un corto silencio, Laurie se rehízo y añadió:

—Está bien, no te preocupes. —Y se marchó sin decir nada más. Pero no estaba «bien» y Jo sí se preocupó. Porque desde aquel día en que el joven descansó su cabeza en su hombro minutos después de haber hecho la temible pregunta, ella se sentía como si hubiese apuñalado a un amigo y, cuando él se marchó, sin volver la vista atrás, supo que el Laurie que ella conocía no volvería jamás.


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