Mujercitas
Mujercitas Sin embargo cuando Laurie se fue y la paz volvió a instalarse, aquella angustia indefinida regresó y empezó a obsesionarla. Había confesado sus pecados y recibido el perdón, y cuando mostró sus ahorros y propuso usarlos para ir a la montaña con Beth, su hermana se lo agradeció con todo el corazón, pero rogó que no la forzaran a alejarse tanto de su hogar. Se convino que le vendría mejor ir nuevamente a la playa y, puesto que la abuela no quería separarse de los niños, decidieron que Jo sería la encargada de acompañar a Beth a un destino tranquilo, en el que podría disfrutar del aire libre y dejar que la fresca brisa del mar pusiese un toque de color en sus pálidas mejillas.
No eligieron un lugar de moda y, aunque había personas muy agradables, las dos jóvenes prefirieron no hacer vida social y pasar el tiempo a solas. Beth era demasiado tímida para disfrutar en compañía de desconocidos, y Jo estaba demasiado volcada en su hermana para prestar atención a nadie más. Así pues, ambas lo eran todo para la otra, iban y venían, ajenas a la curiosidad que despertaban entre quienes las rodeaban, personas que observaban con compasión a la pareja de hermanas, una fuerte, la otra, frágil, que iban siempre juntas a todas partes como si presintiesen que no tardaría en imponerse una larga separación.