Mujercitas
Mujercitas Ambas lo intuían, aunque ninguna decía nada, porque, a menudo, entre nosotros y nuestros queridos existe una última barrera difícil de franquear. A Jo le parecía que era como si un velo se interpusiese entre su corazón y el de Beth pero, cuando alargaba la mano para retirarlo, tenía la impresión de que en aquel silencio había algo sagrado que la llevaba a esperar que Beth hablase por iniciativa propia. Le extrañaba —y también agradecía— que sus padres no parecieran ver lo que ella veía. En el transcurso de aquellas tranquilas semanas, en las que la sombra se cernía cada vez con mayor contundencia sobre ella, no comentó nada a su familia, consciente de que todos se darían cuenta cuando viesen que Beth volvía a casa sin experimentar mejoría alguna. Se preguntaba si su hermana sería consciente de la triste verdad y qué pensamientos cruzarían por su mente durante las largas horas que pasaba tumbada en las cálidas rocas, con la cabeza en el regazo de Jo, mientras soplaba la saludable brisa y el mar componía música a sus pies.
