Mujercitas

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Un día, Beth habló. Jo pensó que su hermana dormía porque estaba muy quieta, dejó a un lado su libro y se la quedó mirando con melancolía, buscando algún rastro de color en las mejillas de Beth que le devolviese en parte la esperanza. Pero no encontraba nada que la consolara; tenía el rostro más delgado y las manos parecían demasiado débiles para sujetar incluso las pequeñas conchas rosadas que habían recogido en la playa. En ese punto, comprendió con amargura que Beth se alejaba, llevada por la corriente, y sus brazos se tensaron instintivamente, como para retener su preciado tesoro. Las lágrimas le empañaron los ojos y se le nubló la vista; cuando se las enjugó, encontró a Beth mirándola de frente con tal ternura que las palabras que pronunció estaban de más:

—Jo, querida, me alegra que lo hayas descubierto. He querido decírtelo varias veces, pero no sabía cómo hacerlo.

Por toda respuesta, Jo abrazó a su hermana y no derramó ni una sola lágrima porque, cuando estaba verdaderamente conmovida, era incapaz de llorar. En ese momento, la más débil era Jo y Beth trataba de consolarla abrazándola y susurrando palabras de ánimo en su oído.


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