Mujercitas
Mujercitas —Hace mucho que lo sé, querida, y ahora que ya estoy hecha a la idea no me resulta tan duro pensar en ello o hacerle frente. Intenta verlo de ese modo y no te preocupes por mÃ, porque es mejor asÃ. De verdad que sÃ.
—Beth, ¿era eso lo que te afligÃa tanto en otoño? ¿No lo habrás sentido desde entonces y guardado el secreto tanto tiempo, verdad? —preguntó Jo. Se negaba a ver o afirmar que era «mejor asû, pero le alegraba saber que Laurie no era la causa del dolor de Beth.
—SÃ, en aquel momento perdà la esperanza, pero no era capaz de asumirlo. Me dije que serÃan imaginaciones mÃas y que no debÃa preocupar a nadie. Pero cuando te vi a ti tan bien y tan fuerte, llena de planes felices, me entristeció comprobar que nunca podrÃa ser como tú y eso me hizo sentir muy mal, Jo.
—¡Oh, Beth, y no me dijiste nada! ¿Por qué no querÃas que te ayudase y te consolase? ¿Cómo pudiste dejarme al margen y lidiar con todo eso tú sola?
El tono de Jo era de tierno reproche y le dolÃa el alma al pensar en la batalla que Beth habÃa librado sola mientras se hacÃa a la idea de que debÃa despedirse de la salud, el amor y la vida y cargar su cruz con buen ánimo.