Mujercitas
Mujercitas La gente sencilla y sincera rara vez habla de su devoción. En lugar de expresarla con palabras, la muestra con sus actos, que influyen en los demás más que una homilÃa o un sermón. Beth era incapaz de razonar o explicar la forma en que la fe le aportaba valor y paciencia para renunciar a la vida y esperar con buen ánimo la llegada de la muerte. Al igual que un niño confiado, no hacÃa preguntas y lo dejaba todo en manos de Dios y de la Naturaleza, el Padre y la Madre de todos nosotros, segura de que ellos y solo ellos podrÃan ensenar y dar fuerza a su espÃritu para hacer frente a esta vida y a la que estaba por venir. En lugar de reprender a Jo con sermones pÃos, la quiso aún más por su apasionada entrega y se aferró más a ese amor humano al que Dios no quiere que renunciemos y que usa para acercarnos más a Él. No podÃa afirmar: «Me alegro de marcharme», porque valoraba mucho la vida, solo podÃa llorar y decir: «Lo intentaré con toda mi fuerza», abrazada a Jo, mientras aquella primera ola de amargura y profunda pena rompÃa sobre ambas.
Al poco rato, recobrada en parte la serenidad, Beth apuntó:
—¿Hablarás con todos cuando volvamos a casa?
—Creo que se darán cuenta sin necesidad de que diga nada —respondió Jo con un suspiro, porque Beth parecÃa empeorar de dÃa en dÃa.